Conectar para cuidar: así trabaja el Grupo Mutuam la prevención de la soledad no deseada
La soledad no deseada se ha convertido en uno de los grandes retos sociales vinculados al envejecimiento . A menudo se asocia a las personas mayores que viven solas, pero la realidad es mucho más compleja. También puede afectar a personas que conviven con otros residentes, que reciben visitas o que participan en actividades.
Esta reflexión es el punto de partida del proyecto que Grup Mutuam impulsa desde el Área Residencial y de Atención Domiciliaria para prevenir la soledad no deseada en sus centros. Una iniciativa que combina detección, sensibilización de los profesionales, actividades comunitarias e intervenciones individualizadas con un objetivo compartido: reforzar el bienestar emocional de las personas mayores.
«La soledad no deseada es una experiencia muy personal, muy subjetiva. No tiene que ver con el número de relaciones que pueda tener la persona, ni con el número de familiares o visitas. Es una percepción muy personal». Así lo explica Marisa García Niño , adjunta a dirección del Área Residencial y de Atención Domiciliaria de Grupo Mutuam. Y añade una idea que resume la esencia del proyecto: «No es lo mismo estar solo que sentirse solo».
Una realidad que también existe dentro de las residencias
El envejecimiento comporta cambios que pueden incrementar el riesgo de sentirse solo : la pérdida de personas queridas, la disminución de la movilidad, los problemas de salud o la reducción de los contactos sociales. Pero esto no significa que todas las personas mayores lo vivan igual.
Hay personas que tienen pocos vínculos y no experimentan esta sensación, mientras que otras, rodeadas de familiares o conviviendo con más personas, siguen sintiendo un vacío emocional porque las relaciones que mantienen son insuficientes o no responden a sus necesidades .
Esta constatación llevó al equipo de Grupo Mutuam a plantearse una pregunta: ¿qué ocurre con la soledad no deseada dentro de los centros residenciales?
«En los centros desarrollamos muchas actividades enfocadas a socializar, pero también dijimos que teníamos que testar y mirar cómo estábamos», recuerda García. De ahí nació una primera evaluación del fenómeno basada en un cuestionario propio, que sirvió de punto de partida para diseñar un programa específico para prevenir y abordar la soledad no deseada . Este año, el proyecto ha dado un paso más con la incorporación de la escala UCLA , una herramienta validada internacionalmente para medir la soledad percibida, y la extensión del estudio en los centros de día y en los apartamentos con servicios.
Detectar para poder acompañar
Aunque el análisis sigue todavía, los primeros resultados confirman una idea importante: la percepción de soledad no depende tanto del lugar donde vive la persona —ya que no se han detectado diferencias significativas entre los diferentes recursos asistenciales— como de sus vivencias, emociones y percepciones personales.
Por eso, cuando se detectan situaciones de mayor vulnerabilidad, la respuesta no es única ni estandarizada. Cada persona necesita un acompañamiento diferente .
En algunos casos, puede consistir en establecer un vínculo estable con una persona voluntaria; en otros, recuperar actividades que había dejado de realizar, facilitar la relación con la comunidad o, simplemente, ofrecer un espacio de escucha y de presencia.
Un cambio de mirada sobre los cuidados
El proyecto no se limita a organizar actividades. Uno de sus ejes principales es ayudar a los profesionales a ampliar la mirada sobre qué significa cuidar .
La formación que se ha impulsado pone el acento en la escucha activa, el acompañamiento emocional y la importancia de los vínculos . Especialmente entre los profesionales de atención directa, que son quienes conviven a diario con las personas atendidas.
«La forma en que yo me relaciono con la persona determina la calidad de la atención que le ofrezco. Es muy importante cómo me vinculo con ella», afirma.
Esta perspectiva entiende que el cuidado no consiste únicamente en dar respuesta a las necesidades físicas, sino también en ofrecer una presencia significativa, hacer sentir a la persona escuchada y reconocida y crear espacios de confianza.
Según García, esta sensibilización también ha tenido un impacto positivo en los equipos , que viven las relaciones con las personas atendidas de una forma más satisfactoria y significativa. «En esta relación tú das, pero también recibes», concluye.
Abrir los centros a la comunidad
Otro de los pilares del programa es evitar que el ingreso en una residencia o asistencia a un centro de día comporten una ruptura con la vida social.
Por eso se impulsan actividades intergeneracionales con escuelas —que, según García, tienen una acogida muy positiva tanto entre los jóvenes como entre las personas mayores—, talleres digitales y creativos, salidas culturales, encuentros con entidades o iniciativas para que las personas sigan realizando actividades cotidianas como ir de compras o pasear.
El objetivo es mantener los vínculos con el entorno y favorecer que cada uno pueda seguir desarrollando aquellas actividades que daban sentido a su día a día antes de llegar al centro.
Esta filosofía también ha supuesto un cambio en la forma de programar las actividades. Las personas residentes participan cada vez más en su planificación , decidiendo qué quieren hacer y cómo quieren vivir su tiempo.
Asimismo, el proyecto también reivindica el respeto a las decisiones individuales. No todo el mundo necesita participar en todas las actividades ni vivir la socialización de la misma forma. Respetar esta autonomía es, también, una forma de ofrecer una atención de calidad.
Mirar hacia el futuro
Uno de los principales retos es seguir avanzando en la detección y el acompañamiento de las personas con deterioro cognitivo , en el que los cuestionarios no son útiles y es necesario recurrir a la observación, al conocimiento de su historia de vida y al trabajo conjunto con las familias.
Por eso, el Grupo sigue incorporando nuevas formas de intervención capaces de llegar también a personas que tienen más dificultades para expresar cómo se sienten. Iniciativas como las visitas de Pallapupas han demostrado el potencial del humor y la conexión emocional para generar bienestar y reforzar los vínculos, línea que también se complementa con la terapia asistida con animales o las actividades sensoriales.
Después de todo, más allá de los programas concretos, la iniciativa parte de una convicción más profunda: sentirse conectado es una necesidad humana que nos acompaña durante toda la vida . Y esta conexión comienza a menudo por gestos sencillos: escuchar de verdad, reconocer a la persona que tenemos delante y hacerle saber que es valorada.
En una sociedad cada vez más individualizada, prevenir la soledad no deseada es responsabilidad compartida. Y esto pasa por construir comunidades más cercanas, reforzar los vínculos y recordar que cuidar también significa crear relaciones que aporten sentido, confianza y pertenencia . Como resume Marisa García, el propósito es «Ayudar a las personas a sentirse conectadas, reconocidas y acompañadas, reforzando su bienestar y su calidad de vida».


93 380 09 70

